¿Qué hacer cuando no pudiste decir adiós?
Hace un tiempo ya que me tocó aceptar que no te volveré a ver más, que me tocó asimilar que ya no me volverás a abrazar. En ocasiones es más sencillo correr tras las obligaciones y los sueños por cumplir, tanto que olvidamos estar atentos de esos seres amados, de esos seres especiales, que tan solo con existir hacen que nuestra vida sea mejor.
Tengo la mala costumbre de postergar los tiempos de atención, de olvidar las fechas importantes y de pasar por alto un grato y enriquecedor saludo, trabajo en ello, trato de ser más atenta, de estar más pendiente de esas personas que realmente amo, pero cuando se es realmente tan apático, sin intención alguna no es fácil. Soy independiente en el ámbito emocional, ahora, cuando suelo estar más conectada hablando con las personas que tengo en la distancia esta independencia se convierte en una nostalgia por extrañarles, supongo que por eso mi herramienta de protección es hacerme extrañar y lograr extrañarlos en completo silencio.
Pero cuando esa persona ya no estará para que le saludes así sea una vez por semestre, ya no estará para sentir sus abrazos, pellizcos y regaños, caes en cuenta de que el tiempo se escabulle, de que cada momento es un tesoro que Dios nos regala para poder realmente disfrutar de la alegría y la dicha plena de poder amar y a la vez ser amado de manera genuina.
Nunca imaginé que una partida definitiva podría ser tan dolorosa, sencillamente uno puede verlo en los demás, pero a la hora de sentirlo no es ni la cuarta parte de lo que se pensaba. Me gusta imaginar que al llegar de visita ahí estarás esperándome con tu voz alentadora, pero soy realista y evito el seguir engañándome, no lloré tu partida, no como pensé que lo haría, me regocije en tus recuerdos y te abrazo cada noche antes de dormir, aun cuando sé que ya no estás aquí. Te quería pedir perdón por todas esas veces que te engañé, por todas esas veces que en mi inmadurez no te valoré y traté de verte la cara, solo en mi idiotez pude desperdiciar tu sabiduría, tu comprensión y tu gran amor, pero hoy al despertar de ese sueño, donde me sonreías, comprendí que aunque nunca te lo dije, ya tú me habías perdonado, gracias, sé que ya no puedes leer esto, que ya no estarás para decirme que baje la voz, deje los gritos y que ya tu abrazo regocijador no lo volveré a sentir, pero quería aprovechar este sueño, para recordar que así como tú me perdonaste yo también te pude perdonar.
Te amo agüelo, ya no estas, ya no estarás, pero dejaste un gran legado en mí.
Esta carta la escribí a mi abuelo después de haber soñado con él, un año y un poco más después de su muerte.
Hoy, que ya pasé varios días sin su presencia en donde acostumbraba a verlo debo confesarles que sigo sin aceptar lo que pasó, en definitiva esa frase de que «nunca mueren, siempre viven en nosotros» es real.
No diré que sigo esperando sus pellizcos o que me despierte a regañadientes porque ya sé que no pasará, pero si escucho de vez en cuando su voz y se hace difícil el aceptar cuánto le extraño, aún así, recuerdo que incluso esa despedida que no pudimos tener también me enseñó a valorar mucho más a quiénes seguimos aquí.
Por aquí les dejo un episodio en el que hablo sobre la difícil situación de lidiar con la pérdida de un ser amado o el hecho de perder algo que sea muy importante para nosotros:

Deja un comentario