Cuando hablamos del pasado, no es fácil recordar cuantas cosas hicimos o dejamos de hacer por dejarnos llevar por las circunstancias, emociones o simplemente las modas.
Un tema complejo, un poco difícil de entrar de lleno en él y no generar confusiones como: “si tal persona lo hizo y pudo dejarlo, yo también puedo probar hacer lo mismo”. Es por eso que decidí comenzar dando la verdadera definición del concepto de la palabra clave de este texto “VICIO”
1- Hábito de hacer mal algo o de hacer una cosa perjudicial o que se considera reprobable desde el punto de vista moral.
2- Situación de libertinaje o entrega desenfrenada a los placeres sexuales.
3- Costumbre o práctica habitual de algo que gusta mucho y de lo cual resulta difícil sustraerse.
4- Falta, imperfección o incorrección que altera algo en su esencia.
Bien, se me hizo difícil elegir una sola definición pero, creo que teniendo estos conceptos claros podemos definir que un vicio es ese algo incorrecto que hacemos y no podemos dejar de hacer, aun cuando decimos “cuando quiera lo dejo”, es ese algo que domina nuestras fuerzas y no nos permite tener un dominio propio.
Teniendo ya esto bien claro, quiero contarles la importancia de primeramente reconocer los vicios que tengamos y luego trabajar en pro de dejarlos. Pero ustedes dirán “¿con que moral esta niña nos viene hablar de esto? ¿Es psicólogo acaso?” y no, no soy psicólogo, pero si tengo un pasado que me permite hoy en día poder decir, si se puede vivir un estilo de vida libre de vicios, lleno de amor y dominio propio.
Comenzare contándoles que desde muy joven mis principales vicios fueron las mentiras y las relaciones, según yo “amorosas”, pero ese es un tema que podemos dejar para más adelante, hoy quiero escribir como las fiestas, el alcohol y las drogas comenzaron a formar parte de mi vida desde muy temprana edad. Creo que para mi primera fiesta tenía doce años de edad… y hablo de mi primera fiesta a la que asistí sola, obviemos esas fiestas familiares en las que ni el amanecer detenía la celebración; al ser la más pequeña del grupo y según yo “la más centrada” entre mis amigas no tomaba, en estas fiestas me centraba en bailar, coquetear (si a esa cortita edad) y supuestamente a cuidar al grupo con el que salía. Comencé a estar en ambientes no aptos para una niña, pero en eso me estaba moviendo. No fue sino un par de años después cuando ya la cerveza perdió ese sabor amargo y comenzó a ser agradable al paladar, más sin embargo siempre era mejor tomar algo más fuerte: ron, tequila, aguardiente… si, con tan solo catorce años esto era lo que por mi cuerpo transitaba, fue así como comencé a “controlar” mi estilo de tomar; cabe destacar que a los catorce años no sabemos ni controlar un control remoto, pero ahí estaba yo, siendo muy madura y la pequeña del grupo que seguía cuidando a los demás.
A los quince recuerdo que fumé mi primer cigarrillo, después de tanto regañar a mi pareja en ese entonces lo hice también, aunque él no me dejaba, no era quien para decirme que no, así que lo hacía y lo controlaba muy bien, no olviden eso, pues solo lo hacia los fines de semana cuando tomaba. A los dieciséis años por andar de curiosa probé por primera vez la marihuana, pero no fue entonces que me sumergí en el mundo de las drogas, no, yo sabía manejar la situación; entiéndase mi sarcasmo por favor. Fue a los dieciocho años de edad cuando la situación comenzó a salirse un poco de control; ya las mentiras eran del tamaño de mi vida, o sea que vivía una mentira, las fiestas eran una locura y ya no me importaba sentirme un poco entonada con los tragos, por no contar cuantas veces había estado en alguna cama ajena, fue en este entonces donde descubrí que me seguía sintiendo vacía.
Mi verdadera primera vez con la marihuana: un jueves en la noche, “ladys nigth” de tequila gratis, un porro, dos carros, tres amigos. Lo llamo mi primera vez porque fue la primera vez que me senté a fumar como tal y que mala historia, estaba pasada de tragos, de esos tres amigos mencionados, solo conocía bien a uno y a los otros dos los conocí esa noche; ¿Qué tienen que ver los dos carros en esta historia? Pues en uno nos transportábamos y en el otro carro antiguo que mi amigo quería restaurar sucedió el acontecimiento que estoy relatando, fue allí donde se hizo esta bomba para que la niña tuviera su primer mal, mal, mal, pero verdaderamente mal viaje. Mi amigo desmayado, los otros dos chicos burlándose de mi paranoia y yo huyendo al amanecer a la casa de los vecinos porque pensaba que me querían hacer daño es el final de esta triste historia, pero el inicio de un fuerte lazo entre yo y esta sustancia.
Recuerdo como me jactaba diciendo que ya había aprendido a controlar el efecto de esta droga, y como esta me llevó a probar otras, de las cuales no me enganché, pero si corrí el riesgo de no salir más de ellas.
Viviendo una vida verdaderamente desenfrenada, sin medir consecuencias, ingiriendo alcohol casi todos los días, fumando nicotina todos los días y marihuana casi todos, también llevaba una vida sexual tan activa, que hoy en día, aseguro que la misericordia de Dios es tan grande que no contraje una enfermedad.
Llevando ese estilo fue como conocí al que de seguro ya han leído: mi esposo, bueno exesposo ya; con el cual solo estos vicios teníamos en común y fue lo que nos llevó a la unión. En vez de ayudarnos mutuamente a controlar estas sustancias, permitimos que fueran estas sustancias las que controlaran la relación.
Así, con esa rutina estuve por bastante tiempo, solo cambió que ya no fumaba nicotina todos los días, sino marihuana, ya saben, mejor, porque es natural, una vez más comprendan mi sarcasmo por favor.
¿Cuándo decidí cambiar mi vida y cómo lo logré?
Cuando conocí el amor de Dios y tomé la decisión de dejar todo atrás dando un giro a mi vida de ciento ochenta grados (180°).

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